El préstamo que el Estado argentino despreció

Por Liliana Fernández · Punto Ciego.
Miércoles 15 de Julio de 2026 | Tiempo de lectura: 8 minutos

Durante trece años, tres gobiernos argentinos tuvieron colgada en la Sala Eva Perón de la Casa Rosada una reproducción cedida por el artista argentino Helmut Ditsch —bajo un contrato que obliga al Estado a devolverla en el mismo estado en que la recibió—. El gobierno de Javier Milei la retiró sin notificar al propietario, quien se enteró por los medios.

Lo que ocurrió

La reproducción de El hielo y la eternidad transitoria quedó instalada en la Casa Rosada durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, al concluir la remodelación de la Sala Eva Perón. Con cada cambio de gobierno, Ditsch repetía el mismo gesto: preguntaba si querían conservar la obra o preferían que la retirara. Mauricio Macri respondió que quería que permaneciera allí; dijo que estaba fascinado con ella y que era un admirador de ese trabajo. El gobierno de Alberto Fernández también la mantuvo. El de Milei la retiró.

La orden vino de la Secretaría General de la Presidencia, a cargo de Karina Milei. La misma operación incluyó el retiro de una réplica del retrato de Juan Domingo Perón y Eva Duarte que se exhibía en la antesala del mismo salón. La justificación oficial para ambas piezas fue la misma: «fallas estructurales». Entre los reemplazos considerados figuraban Belgrano, Sarmiento o Messi para el retrato, y las Cataratas del Iguazú para la reproducción del Perito Moreno. El secretario de Prensa, Javier Lanari, es oriundo de Posadas, Misiones. El cambio implicaba reemplazar la reproducción de una de las obras más valiosas del arte argentino por una gigantografía turística.

Meses de silencio ante los reclamos del artista. Luego llegó un correo electrónico con una serie de exigencias para retirar la obra: custodia permanente de la Policía Militar durante todo el operativo, el costo del traslado a cargo de Ditsch, prohibición de realizar el peritaje fotográfico necesario para documentar el estado de conservación de la pieza antes de embalarla y la firma de una renuncia formal a cualquier acción legal futura. Ditsch las calificó con una sola palabra en un video publicado en sus redes sociales tras recibir la respuesta: «humillante».

En la conferencia de la UBA fue explícito: «No me dejo extorsionar. Me exigen que firme un documento comprometiéndome a no demandarlos. Eso es extorsión total. ‘Te doy la obra, pero firmame acá’. Todos los mensajes que recibí tenían ese tono.»

El 1° de junio de 2026, la redacción de Punto Ciego presentó un pedido de acceso a la información pública, el mecanismo legal que permite a cualquier ciudadano solicitar información sobre los actos del Estado. Lo hizo bajo el expediente EX-2026-54085963-APN-DNPAIP#AAIP. Los dos plazos que establece la ley para responder vencieron. El Estado no contestó.

La coincidencia

El retiro ocurrió una semana antes del debate parlamentario sobre la Ley de Glaciares, la norma que busca proteger los cuerpos de hielo patagónicos. La obra retirada era una representación del Glaciar Perito Moreno, uno de los glaciares alcanzados por esa ley. La cercanía temporal entre ambos hechos fue señalada por medios de todos los signos políticos que, de manera poco habitual, cuestionaron el retiro de forma transversal, en un clima de polarización que rara vez produce consensos de ese tipo. Cuando le preguntaron si creía que era una coincidencia, Ditsch respondió: «No puedo afirmar que lo sea. Pero me hace mucho ruido.»

La obra

El hielo y la eternidad transitoria fue vendida en 2024 por 1.615.900 euros, convirtiéndose en la pintura más cara de la historia del arte argentino. La compró la HPH Privatstiftung, la fundación privada del empresario austríaco Hans Peter Haselsteiner, dueño de Strabag, una de las mayores constructoras de Europa. La misma fundación adquirió además el 49 % del inventario restante de obras de Ditsch, con una inversión total de 5.560.000 euros. Durante trece años la vieron millones de personas. Desde su retiro en marzo, quienes pasen por la Casa Rosada ya no tendrán la misma oportunidad.

Esa reproducción no era una simple copia. Era una impresión de precisión extrema, producida con una tecnología que permite que la obra pueda incluso tocarse sin deteriorarse. Ditsch la pagó de su bolsillo —unos quince mil euros— para que su obra pudiera exhibirse en el país.

Yo quisiera importar mi propia obra. Pero tendría que pagar un 14% de impuestos para traerla al país.

Llamar a Ditsch hiperrealista —como hacen habitualmente los medios que lo cubren— es un error que él mismo corrige de manera explícita. El hiperrealismo es una corriente que busca reproducir la realidad con precisión fotográfica: el artista copia lo que ve. Ditsch hace otra cosa. Antes de pintar un paisaje, lo vive. Escala montañas, nada en el océano y camina sobre glaciares durante semanas. Deja que la experiencia decante —a veces durante una década— y recién entonces la traduce al lienzo. A eso lo llama realismo vivencial. «Lo mío está en la sangre», dijo durante la conferencia en la UBA. «Ni siquiera está en el recuerdo.» En el texto autobiográfico de su primer libro monográfico, publicado por Prestel en 2005, ya rechazaba la etiqueta de fotorrealista con la misma firmeza.

Ese libro, The Triumph of Nature, reunió cien pinturas y fue prologado por Reinhold Messner, el alpinista italiano que fue el primero en la historia en escalar los catorce ochomiles —las catorce montañas de más de 8.000 metros del planeta— sin oxígeno suplementario. Messner y Ditsch se conocieron hacia 1994, en Merano, y desde entonces mantienen un diálogo sostenido sobre la relación entre la experiencia física extrema y el arte. En 2009, Prestel publicó una segunda monografía ampliada, The Triumph of Painting, que incorporó conversaciones entre ambos sobre montañismo y creación. El hombre que redefinió los límites del alpinismo eligió, durante décadas, dialogar con un pintor nacido en Villa Ballester sobre lo que ocurre cuando el cuerpo llega al límite y el arte intenta registrarlo. No es un detalle de color.

El hombre

Helmut Ditsch nació en 1962 en Villa Ballester, partido de General San Martín. Sus cuatro abuelos llegaron de Austria y Alemania en los años veinte; sus padres nacieron en Buenos Aires. Creció bilingüe —en alemán y castellano—, en una familia que consideraba el idioma como el vehículo de la cultura. En el Club Alemán de Villa Ballester compitió en natación y atletismo. En el Teatro Colón, donde su padre tenía un palco, descubrió las óperas de Richard Wagner. Ambas experiencias —el esfuerzo físico del deporte de alto rendimiento y la intensidad sensorial de la gran ópera— moldearon su forma de entender el arte mucho antes de descubrir que esa sería su manera de habitar el mundo.

Tenía siete años cuando su madre, Inge, murió. Ella tenía 33. Esa pérdida atraviesa toda su obra: la vastedad de los paisajes que pinta, el horizonte que, en muchos cuadros, permanece oculto detrás de las montañas, aunque su presencia se intuya. También atraviesa la búsqueda de respuestas en lugares donde el ser humano no tiene ningún control.

En 1982 hizo el servicio militar en la Armada Argentina durante la guerra de Malvinas. Antes de partir hacia Europa escaló el Aconcagua junto a sus hermanos, una experiencia que marcó su forma de entender el cuerpo y la naturaleza. Luego se mudó a Viena para estudiar en la Academia de Bellas Artes. Se graduó con honores y, en los años siguientes, decidió construir una carrera al margen del circuito tradicional de galerías y subastas, trabajando directamente con coleccionistas y mecenas. Era una apuesta inusual para la época, mucho antes de internet y las redes sociales. Con el tiempo, esa decisión lo convertiría en el artista argentino vivo más cotizado.

En 1995 viajó a la Patagonia para estudiar el hielo glacial de cerca. Comenzó una relación de más de treinta años con glaciólogos y científicos del Hielo Continental Patagónico. Cruzó ese hielo. Nadó en el Atlántico. Esas experiencias están en sus cuadros, aunque no aparezcan en ningún título ni descripción técnica.

La muerte volvió a atravesar su vida en 2009, cuando falleció su esposa, Marion. En 2012 estableció su atelier principal en Vaduz, capital del Principado de Liechtenstein, aunque conservó el de Viena. También fue designado profesor de la Universidad Nacional de San Martín. En paralelo, avanzó en la realización de su primer largometraje autobiográfico, una película dedicada a la memoria de su madre y de Marion que lleva varios años de producción y se encuentra en etapa de postproducción.

La respuesta al destino

Ditsch hizo del amor fati la filosofía con la que interpreta su propia vida, adoptando de Friedrich Nietzsche esa línea de pensamiento, resumida en la expresión latina que significa «amor al destino», no como una resignación pasiva ante lo que ocurre, sino como la decisión de aceptar y querer la propia historia, incluyendo aquello que duele. Con esa idea explicó en la Facultad de Derecho de la UBA cómo decidió atravesar el conflicto.

«De pronto me sentí como si me tiraran a un pozo», dijo. «Y, en ese pozo, alguien me toca un hombro. Periodistas que me decían: ¿Necesitás ayuda? Del otro hombro, la universidad pública: ¿Necesitás ayuda? La UBA primero, pero también la UNTREF… Ahí, en ese pozo, que hoy es una trinchera —sin querer hacer apología del combate—, no era un pozo. Ahí estaba la argentinidad.»

En esa trinchera, algo empezó a gestarse.

Esta es la primera de muchos amor fati y de muchos círculos en los que nos vamos a volver a encontrar.

Si la reproducción termina en un depósito del Estado, Ditsch ya tiene una respuesta: donarla a una universidad argentina. Esa sería, para él, la forma de darle un nuevo destino.

El conflicto terminó reducido a un enfrentamiento entre Ditsch y el gobierno de Javier Milei. Esa dimensión existe: la obra fue retirada sin notificar al artista y, cuando reclamó su restitución, el Estado le impuso condiciones que consideró inaceptables.

Pero detrás de ese conflicto había una pregunta mucho más profunda: ¿cómo es posible que la pintura más cara de la historia del arte argentino no esté en el país y que la Casa Rosada solo haya contado con una reproducción prestada? La respuesta comienza por un dato difícil de ignorar: importar el original le costaría a su autor el catorce por ciento de su valor en aranceles.

Ese problema es anterior al gobierno de Javier Milei y responde a una estructura que ningún gobierno modificó.

Fuentes consultadas: relevamiento de publicaciones periodísticas nacionales e internacionales; sitio oficial de Helmut Ditsch; registros biográficos y documentación pública; documentación oficial de acceso público.

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