Por Liliana Fernández · Punto Ciego.
Miércoles 8 de Julio de 2026 | Tiempo de lectura: 5 minutos
El récord que esconde otra cifra
La producción de Neuquén superó los 600.000 barriles de petróleo por día y los titulares celebraron el récord. Todo parecía indicar que una producción histórica se traduciría en mayores ingresos para la provincia. Sin embargo, ocurrió lo contrario: en 2025 recibió menos regalías de las que esperaba, a pesar del crecimiento de la producción. No fue un problema de extracción ni una caída del precio del petróleo, sino el resultado de las reglas bajo las que hoy se desarrolla buena parte de Vaca Muerta. Y esas reglas, lejos de ser una excepción transitoria, empiezan a consolidarse como el nuevo esquema de funcionamiento del principal yacimiento del país.
Las áreas más activas de Vaca Muerta se concentran en las ventanas de petróleo negro y petróleo volátil, las de mayor productividad y rentabilidad para la exportación. Sin embargo, esas mismas áreas también producen gas asociado cuya exportación queda sujeta a un régimen diferencial. La Ley de GNL estableció que, mientras las exportaciones no alcancen un determinado umbral de precio, el gas tributa una alícuota reducida. Como ese umbral no se alcanzó durante 2025, las regalías sobre gas efectivamente percibidas fueron un 37,5 % inferiores al piso previsto por el régimen general. La geología explica dónde conviene perforar; el marco regulatorio explica cuánto de esa riqueza permanece en Neuquén. Entender Vaca Muerta ya no consiste solamente en mirar el subsuelo, sino también en leer los contratos que regulan su explotación.
El poder del oleoducto
El próximo gran cambio en Vaca Muerta no está bajo tierra. Está sobre la superficie. El oleoducto Vaca Muerta Oil Sur, de 437 kilómetros hasta la costa atlántica y previsto para entrar en operación hacia fines de 2026, tendrá capacidad para transportar hasta 550.000 barriles diarios hacia 2027, con una capacidad inicial de 180.000. La obra es impulsada por un consorcio integrado por YPF, Vista, Chevron, Shell, Pluspetrol y Pampa Energía, las mismas compañías que producen buena parte del petróleo que circulará por esa infraestructura. En la industria petrolera, controlar el oleoducto significa mucho más que transportar crudo: implica controlar el principal acceso a los mercados internacionales. El petróleo vale por lo que se extrae, pero también por la capacidad de llevarlo hasta quien está dispuesto a comprarlo.
Treinta años de reglas
El RIGI, incorporado a la Ley Bases en 2024, no se limita a ofrecer incentivos para atraer inversiones. También redefine la relación entre el Estado y quienes invierten. Los proyectos superiores a 200 millones de dólares acceden a 30 años de estabilidad regulatoria, beneficios fiscales y cambiarios y un régimen que limita la posibilidad de modificar esas condiciones en el futuro. Si aun así el Estado decide hacerlo, las controversias pueden resolverse mediante arbitraje internacional, sin necesidad de agotar previamente la Justicia argentina. En Vaca Muerta ya fueron aprobados veinte proyectos, con compromisos de inversión que superan los 46.000 millones de dólares. El cambio no está en quién es dueño del petróleo, sino en las reglas que determinarán durante las próximas tres décadas cómo podrá intervenir el Estado sobre una parte creciente de su explotación.
Mientras el mundo empieza a preguntarse cuánto tiempo más durará la era del petróleo, Argentina acaba de diseñar un esquema pensado para desarrollarse durante las próximas tres décadas. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) proyecta que la demanda mundial de combustibles fósiles podría alcanzar su pico hacia 2027, el mismo año en que China, principal motor del crecimiento del consumo durante la última década, también llegaría a su máximo. Sin embargo, las concesiones no convencionales en el país se extienden por 35 años, el RIGI garantiza estabilidad regulatoria durante 30 y la infraestructura de exportación fue concebida para recuperar su inversión en un plazo de entre 20 y 30 años. Son dos relojes que avanzan a distinta velocidad: mientras el mercado empieza a discutir cuándo comenzará a desacelerarse, Argentina termina de consolidar un sistema diseñado para operar mucho después de ese posible punto de inflexión. La oportunidad de Vaca Muerta no depende únicamente de cuánto petróleo pueda producir, sino de cuánto tiempo el mundo siga dispuesto a comprarlo en las condiciones actuales.

Quién decide el día después
Mientras el boom avanza, en Sauzal Bonito las paredes siguen agrietándose. Desde que comenzó el desarrollo intensivo de Vaca Muerta se registraron más de 600 eventos sísmicos, pero todavía no existen estudios epidemiológicos oficiales que evalúen el impacto de largo plazo sobre las comunidades que conviven con la actividad. Tampoco existe un mecanismo específico que garantice, con recursos previamente asegurados, la remediación ambiental futura ni un fondo destinado a afrontar los costos que inevitablemente dejará el final del ciclo extractivo.
Ese es el punto ciego de esta historia. Durante años el debate se concentró en cuánto petróleo podía producir Vaca Muerta, cuántos dólares podía generar y cuántas inversiones podía atraer. Mucho menos se discutió qué parte del valor que genera ese recurso terminará fortaleciendo el desarrollo de la Argentina, quién conservará la capacidad de decidir sobre esa riqueza dentro de diez, veinte o treinta años y bajo qué reglas se administrará cuando el contexto político, económico y energético ya no sea el mismo.
La verdadera discusión, entonces, ya no pasa únicamente por la cantidad de barriles que podrá extraer Vaca Muerta. Pasa por el modelo de desarrollo que la Argentina está construyendo alrededor de ese recurso. Porque un país no transforma su futuro solamente por descubrir una riqueza extraordinaria, sino por la capacidad de convertir esa riqueza en desarrollo, preservar el poder de decidir sobre ella y distribuir de manera equilibrada sus beneficios, sus riesgos y sus costos entre las generaciones presentes y futuras.
Los recursos naturales se agotan. Los ciclos económicos terminan. Los gobiernos cambian. Las reglas que organizan esa riqueza, en cambio, pueden permanecer durante generaciones. Y quizá ese sea el verdadero legado que deje Vaca Muerta cuando el último barril haya sido extraído.

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