Por Liliana Fernández · Punto Ciego.
Miércoles 1 de Julio de 2026 | Tiempo de lectura: 6 minutos
Hasta hace pocos años, conectar cerebros humanos pertenecía a la ciencia ficción. Hoy ya ocurrió. En 2019, tres personas resolvieron juntas un problema sin hablar, sin escribir y sin mirarse. Dos de ellas veían la pantalla. La tercera no. Aun así, supo exactamente qué hacer.
No fue intuición. Fue ingeniería.
Un equipo de la Universidad de Washington conectó los cerebros de esas tres personas a través de internet. Dos participantes enviaban una decisión y el tercero la recibía mediante pequeños estímulos aplicados sobre una región del cerebro, sin escuchar una palabra ni compartir una pantalla. El experimento, llamado BrainNet, fue publicado en Scientific Reports y alcanzó una precisión del 81,25 %.
El experimento respondió una pregunta científica. Las siguientes ya no serán solamente científicas.
Qué significa realmente conectar cerebros
Para entender qué hizo BrainNet, primero hay que dejar de imaginar escenas de ciencia ficción.
Cuando hoy se habla de conectar el cerebro con la tecnología, casi siempre se habla de una interfaz cerebro-computadora. Es el caso de Neuralink y Synchron. Estas tecnologías permiten controlar un dispositivo directamente con la actividad del cerebro, igual que un teclado o un mouse, pero sin mover las manos. La señal sale del cerebro y termina en una máquina.
BrainNet hizo otra cosa. En lugar de enviar una señal a una computadora, la envió directamente al cerebro de otra persona. Eso no significa que hoy sea posible compartir pensamientos, recuerdos o emociones. Lo que estas interfaces pueden transmitir por ahora son señales muy simples, equivalentes a respuestas como «sí» o «no» o indicaciones como «izquierda» y «derecha».
En Matrix, un personaje aprende artes marciales en segundos. En la realidad todavía estamos muy lejos de transferir conocimientos completos. Lo que cambió no es la cantidad de información que puede transmitirse. Es que, por primera vez, esa información ya no necesitó pasar por una pantalla, un teclado ni la voz.
Del laboratorio al mercado
Durante años, las interfaces cerebrales fueron una herramienta reservada para la investigación y el tratamiento de enfermedades graves. En 2026 empezaron a entrar en otra etapa: la de la competencia empresarial.
Dos compañías lideran esa carrera. Neuralink, fundada por Elon Musk, apuesta por implantes colocados directamente sobre el cerebro mediante cirugía. Synchron eligió otro camino: llega al cerebro a través de los vasos sanguíneos, sin necesidad de abrir el cráneo. Las dos buscan el mismo objetivo: convertir la actividad cerebral en una nueva forma de interactuar con la tecnología.
La diferencia más importante no está en cómo funciona cada dispositivo, sino en para quién está pensado. Hasta ahora, estas interfaces se desarrollaban para ayudar a personas con parálisis, pérdida del habla u otras enfermedades neurológicas. Hoy las empresas ya trabajan con la mirada puesta en un mercado mucho más amplio.
Ese es el verdadero cambio. La carrera ya no consiste solamente en demostrar que la tecnología funciona. Empieza a consistir en quién consigue llevarla primero a millones de personas.
El horizonte: internet para cerebros
La idea tiene un nombre informal: internet para cerebros. No significa una red donde las personas compartan pensamientos completos o recuerdos, como ocurre en muchas películas de ciencia ficción. La comparación apunta a otra cosa. Así como internet permite que computadoras y teléfonos intercambien información siguiendo reglas comunes, algunos investigadores imaginan una red capaz de conectar directamente la actividad de distintos cerebros.
algunos investigadores imaginan una red capaz de conectar directamente la actividad de distintos cerebros.
Hoy esa posibilidad está muy lejos de convertirse en una realidad cotidiana. Pero dejó de ser una especulación aislada. El programa BRAIN Initiative, impulsado por el gobierno de Estados Unidos, incluyó las interfaces cerebro-cerebro entre las áreas prioritarias de investigación para los próximos años. Al mismo tiempo, empresas privadas desarrollan los dispositivos necesarios para que esa tecnología siga avanzando.
Todavía no existe una red de cerebros. Lo que ya existe es un objetivo compartido: que la comunicación neuronal deje de ser un experimento y pueda convertirse, algún día, en una infraestructura.
Quién controlará la red
Hasta acá, la pregunta fue si era posible conectar cerebros. La respuesta empieza a ser sí. La pregunta que casi no aparece es otra. ¿Quién va a controlar esa red?
Si algún día existe una infraestructura capaz de transmitir información entre cerebros, alguien tendrá que administrarla. Alguien definirá cómo funciona, qué reglas sigue y quién puede acceder a ella. Porque una red nunca es solamente tecnología. También es poder.
Y los datos que circularían por esa red no se parecerían a los que hoy dejamos al navegar por internet o usar una tarjeta de crédito. No serían búsquedas, compras o ubicaciones. Serían señales producidas por la actividad del propio cerebro: patrones de atención, decisiones, respuestas emocionales y estados cognitivos. El registro más íntimo que puede existir sobre una persona.
Ese escenario ya empezó a movilizar a gobiernos y organismos internacionales. La ONU publicó los primeros principios para proteger la privacidad mental. Chile incorporó los neuroderechos a su Constitución. Otros países comenzaron a legislar sobre los datos neuronales. No porque esa red ya exista, sino porque las preguntas llegaron antes que las respuestas.
La experiencia con internet ofrece una advertencia. La tecnología suele avanzar mucho más rápido que las leyes. Cuando la regulación finalmente aparece, las reglas del juego ya fueron definidas por quienes llegaron primero.
Ese es el punto ciego de esta historia. Mientras gran parte del debate público todavía se pregunta si conectar cerebros será posible algún día, la conversación entre científicos, empresas y gobiernos ya gira alrededor de otra cuestión: quién construirá esa infraestructura, quién la controlará y quién podrá acceder a ella.
Donde termina lo obvio
Durante miles de años, toda forma de comunicación humana necesitó un intermediario. Primero fue la voz. Después la escritura. Más tarde llegaron la imprenta, el teléfono, la radio e internet. Cada avance permitió transmitir información más lejos, más rápido o a más personas. Pero todos compartían la misma lógica: siempre había un medio entre una mente y otra.
La posibilidad de conectar cerebros plantea algo distinto. No busca mejorar ese medio. Aspira, algún día, a volverlo innecesario. Todavía estamos lejos de que eso ocurra. Pero la dirección ya está definida. Y cuando una tecnología cambia la forma en que las personas pueden comunicarse, también cambia la manera en que una sociedad entiende lo que significa ser humana.
Quizá ese sea el cambio más profundo de toda esta historia. No estamos asistiendo únicamente al nacimiento de una nueva tecnología. Podríamos estar presenciando el comienzo de una nueva forma de comunicación humana. Y esa conversación empezó mucho antes de que la mayoría advirtiera que existía.

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