Por Liliana Fernández | Punto Ciego · Internacional
Miércoles 27 de mayo de 2026 | Tiempo de lectura: 10 minutos
Hay imágenes que el mundo decide convertir en símbolo. Y hay imágenes que el mundo aprende a soportar.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, la reacción occidental fue inmediata. Sanciones económicas históricas, paquetes militares de emergencia, transmisiones en vivo, líderes europeos viajando a Kiev y cadenas internacionales cubriendo cada avance del frente minuto a minuto. La condena fue rápida, unificada y moralmente categórica. Había una idea implícita detrás de todo ese despliegue: esto no podía permitirse.
Meses después, Gaza comenzó a transformarse en un paisaje de escombros transmitido en tiempo real. Hospitales destruidos. Escuelas bombardeadas. Sistemas de agua colapsados. Familias enteras enterradas bajo edificios. Miles de niños muertos*. Y aun así, gran parte de las principales potencias occidentales eligió otro vocabulario. Ya no se hablaba de “crímenes de guerra” con la misma velocidad ni con la misma claridad. La expresión dominante pasó a ser otra: “derecho a la autodefensa”.
- * Tracker de bajas en Gaza — OCHA/ONU — interactivo, actualizado, fuente oficial
La diferencia no estuvo solamente en las decisiones políticas. Estuvo en algo más profundo: en quién recibe el beneficio de la justificación antes incluso de que aparezca la condena. Y eso obliga a hacer una pregunta incómoda:
si el derecho internacional pretende ser universal, ¿por qué parece cambiar tan drásticamente según quién ejerza la violencia?
Comparar no implica equiparar. Ucrania y Gaza tienen historias, actores y contextos profundamente distintos. La cuestión no es si ambos conflictos son idénticos, sino por qué ciertos principios internacionales parecen aplicarse con diferente intensidad según quién protagonice la violencia y quién resulte afectado por ella.
El sistema que nació con dueños
El orden internacional contemporáneo no nació de un consenso global. Nació del reparto de poder posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Las instituciones que hoy hablan en nombre de la legalidad internacional —la ONU, el Consejo de Seguridad, los organismos multilaterales y buena parte de la arquitectura jurídica global— fueron diseñadas por los vencedores de aquella guerra. No es una teoría conspirativa. Es historia institucional básica.

El caso más evidente es el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Cinco países poseen poder de veto permanente: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China. Ninguna resolución importante puede avanzar si alguno de ellos decide bloquearla. En teoría, el mecanismo existe para evitar desequilibrios geopolíticos mayores. En la práctica, también funciona como un escudo para los intereses estratégicos de las grandes potencias y sus aliados.
Desde 1945, Estados Unidos vetó decenas de resoluciones críticas hacia Israel dentro del Consejo de Seguridad.

El dato importa no sólo por la cantidad, sino por lo que revela: el sistema internacional no opera únicamente sobre principios jurídicos. Opera también sobre relaciones de fuerza. La consecuencia es incómoda pero visible: hay países cuyas acciones son juzgadas rápidamente como amenazas globales, y otros cuyas acciones ingresan primero en una zona diplomática de comprensión, contextualización o cautela narrativa.

La UE admite su hipocresía — Geopolitical Economy Report. https://geopoliticaleconomy.com/2024/07/18/eu-borrell-hypocrisy-double-standards-israel-ukraine-iraq/
La guerra también se libra en el lenguaje
Las guerras modernas no se pelean únicamente con armas. También se pelean con palabras.
El vocabulario diplomático contemporáneo funciona muchas veces como un sistema de administración moral de la violencia. Determina qué muerte aparece como tragedia y cuál aparece como consecuencia inevitable. Cuando un adversario geopolítico bombardea infraestructura civil, los titulares suelen hablar de “masacre”, “ataque indiscriminado” o “crimen de guerra”. Cuando el responsable es un aliado estratégico, el lenguaje cambia: “operación defensiva”, “objetivos terroristas”, “daños colaterales”. Los muertos son los mismos. La legitimidad narrativa no.
“Daño colateral” es probablemente una de las expresiones más eficaces jamás creadas por el lenguaje militar moderno. Su función no es describir. Su función es amortiguar. Transformar cuerpos concretos en categorías técnicas. Convertir la muerte civil en una variable operacional. En Gaza, durante meses, médicos, periodistas y trabajadores humanitarios transmitieron imágenes imposibles de ignorar. Y aun así, buena parte del discurso político occidental continuó orbitando alrededor del derecho israelí a defenderse, mientras el debate sobre proporcionalidad, ocupación y derecho internacional humanitario avanzaba con mucha más lentitud.
No se trató solamente de una discusión jurídica. Se trató de qué marco narrativo dominaba primero.
Los árbitros que nunca fueron completamente neutrales
La Corte Penal Internacional nació en 2002 con una promesa ambiciosa: juzgar los crímenes más graves contra la humanidad sin importar quién los cometiera. Sin embargo, durante gran parte de su existencia, la mayoría de sus procesamientos se concentraron en países africanos. El desequilibrio fue tan evidente que varios gobiernos comenzaron a denunciar que la justicia internacional parecía funcionar con geografías selectivas.
Al mismo tiempo, Estados Unidos —uno de los principales impulsores discursivos del orden liberal internacional— nunca ratificó el Estatuto de Roma, tratado fundacional de la Corte. Es decir: respaldó la idea de justicia internacional sin aceptar plenamente su jurisdicción sobre sí mismo. Esa contradicción volvió a quedar expuesta cuando la Corte avanzó sobre dirigentes israelíes. La reacción de Washington no fue celebrar la independencia judicial internacional, sino cuestionarla y amenazar con sanciones. El mensaje implícito fue difícil de ignorar: la justicia internacional es válida mientras no altere determinados equilibrios estratégicos.
La justicia internacional parecía funcionar con geografías selectivas
El patrón detrás de las excepciones
Gaza no aparece en un vacío histórico. Yugoslavia en 1999. Irak en 2003. Libia en 2011. Cada una de esas intervenciones fue presentada públicamente bajo argumentos distintos: seguridad, armas de destrucción masiva, protección humanitaria, estabilidad internacional. Pero todas comparten otro elemento: intereses geopolíticos concretos. Petróleo. Gas. Rutas estratégicas. Influencia regional. Eso no significa que todos los conflictos puedan reducirse únicamente a recursos naturales. Significa algo más complejo: las decisiones morales de las potencias rara vez están separadas de sus intereses materiales. Algunos analistas señalan además que la dimensión energética regional forma parte del contexto estratégico más amplio.
Entre los elementos mencionados aparece Gaza Marine, un yacimiento de gas natural ubicado frente a la costa palestina y descubierto en el año 2000. No explica por sí solo el conflicto, pero recuerda que los intereses materiales suelen coexistir con los argumentos de seguridad, diplomacia y defensa.
Lo que cambió esta vez
Durante décadas, las grandes guerras dependieron de intermediarios para ser vistas. Corresponsales. Cadenas de televisión. Agencias internacionales. Fotógrafos autorizados.
Gaza alteró parcialmente esa lógica. Por primera vez, una guerra fue transmitida de manera constante por civiles atrapados dentro de ella. Médicos grabando cirugías sin anestesia suficiente. Familias filmando bombardeos desde teléfonos celulares. Niños relatando ataques en redes sociales antes que los canales internacionales. Eso produjo algo nuevo: la pérdida parcial del monopolio narrativo tradicional. Las generaciones más jóvenes ya no dependen exclusivamente de medios o gobiernos para interpretar un conflicto. Comparan imágenes, discursos y contradicciones en tiempo real. Y esa diferencia explica, en parte, por qué las protestas universitarias en Estados Unidos y Europa alcanzaron niveles que muchos analistas no veían desde la guerra de Vietnam. La fractura no es sólo política. Es también generacional y mediática.
Lo que Gaza está revelando realmente
La discusión de fondo no es si Occidente tiene o no principios democráticos reales. La discusión es otra: hasta qué punto esos principios operan de manera consistente cuando chocan contra intereses estratégicos. Porque el problema de la doble vara no es únicamente moral. Es estructural. Quien escribe las reglas internacionales posee más capacidad para interpretarlas. Quien controla la narrativa global tiene más herramientas para justificar excepciones. Y quien concentra suficiente poder económico, militar o diplomático puede reducir enormemente las consecuencias de sus actos. Eso no vuelve inútil al derecho internacional. Pero sí expone sus límites reales.
La idea de un “orden basado en reglas” siempre convivió con otra realidad menos visible: algunos actores tienen mucha más capacidad que otros para decidir cuándo esas reglas se aplican y cuándo empiezan las excepciones.
La pregunta que Gaza deja flotando
La pregunta que nadie quiere responder
Si no hay doble vara —si hay una vara única, consistente, orientada por intereses que rara vez se nombran en público— entonces la pregunta no es por qué Occidente falla en defender sus principios. La pregunta es si esos principios existieron alguna vez como otra cosa que no fuera un instrumento.
No es una pregunta retórica ni conspirativa. Es la que emerge cuando se mira el registro completo sin el filtro de la buena fe institucional. Y es la más incómoda porque si la respuesta es no, entonces no hay nada roto que reparar. Hay algo que funciona exactamente como fue diseñado, con una etiqueta que nunca correspondió al contenido.
Lo que queda en la sombra no es la crueldad —esa es visible— sino la arquitectura que la hace posible y repetible. El verdadero punto ciego no son las guerras que el mundo ignora, sino la gramática que decide cuáles merecen nombre y cuáles solo merecen cifras. Mientras esa gramática no se nombre, la indignación seguirá siendo el mejor disfraz del orden que dice combatir.
Liliana Fernández es estudiante de Periodismo en la Universidad de Palermo y editora de Punto Ciego, sitio de periodismo digital independiente.
Fuentes consultadas: Vetos de EE.UU. en el Consejo de Seguridad — Swiss Info; Las dinámicas de veto en el CS de la ONU — El Orden Mundial; ¿Quién veta más en el CS de la ONU? — El Orden Mundial; Doble estándar en cobertura mediática Gaza vs. Ucrania — Common Dreams; Failing Gaza: Pro-Israel bias — Al Jazeera; Gaza: Gas Rich but in Ruins — Al Jazeera; Gaza: A Forever War — Al Jazeera; Gaza Marine, el yacimiento de gas — Periódico Revueltas; La justicia internacional y la impunidad — Cooperativa.cl; Gaza, Ucrania y el desmoronamiento del orden mundial — Nueva Sociedad; Tracker de bajas en Gaza — OCHA/ONU; De Ucrania a Gaza: un orden mundial en transición — Política Exterior

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