Por Liliana Fernández | Punto Ciego · Política
Miércoles 20 de mayo de 2026 | Tiempo de lectura: 8 minutos
Lo que está en juego, aunque no sepas nada de nuclear
Hay noticias que circulan en el margen. Que aparecen en medios especializados, en columnas de opinión firmadas por académicos, en comunicados sindicales que nadie lee. Y que, sin embargo, describen decisiones que cambiarán la estructura del país durante décadas. La historia del reactor CAREM es una de esas noticias. No hace falta saber de fisión nuclear para seguirla. Hace falta algo más sencillo y más viejo: preguntarse qué le pasa a un país cuando abandona lo que construyó, y quién llega a quedarse con eso que dejó. Argentina tenía —tiene, aunque agonizando— uno de los pocos reactores nucleares de pequeño módulo en construcción real en el mundo. No en papel. No en presentación de PowerPoint. En hormigón. Con obreros, ingenieros, décadas de conocimiento acumulado y una tradición tecnológica que este país exportó a Australia, a Egipto, a Perú, a Argelia. Y en 2024, con una velocidad que todavía cuesta procesar, ese proyecto fue vaciado: presupuesto congelado, más de 230 trabajadores desvinculados, cronograma disuelto. Lo que vino después no fue un plan alternativo. Fue, como veremos, algo mucho más parecido a una promesa de campaña disfrazada de política de Estado.
Entrevista a Edda Andrade, ingeniera mecánica de Bariloche, en La Radio Sos Vos con Julio Lagos. Radio Rivadavia, abril 2026.
CAREM: lo que pocos países del mundo pudieron hacer
Para entender la magnitud de lo que se está perdiendo, hay que entender qué es el CAREM-25 y por qué su existencia es, en sí misma, una anomalía valiosa. Los reactores nucleares modulares de pequeña escala, conocidos internacionalmente como SMR (Small Modular Reactors), son considerados la próxima generación de la energía nuclear. Son más baratos de construir que las grandes centrales, más flexibles en su ubicación y más seguros por diseño. Desde hace más de una década, más de 120 proyectos de SMR han sido anunciados en el mundo. Ciento veinte proyectos. Pero la gran mayoría existe solo en ese estadio: el del anuncio. El CAREM-25 era diferente. La Asociación Nuclear Mundial (World Nuclear Association) lo clasifica, junto a proyectos chinos y rusos, en la categoría de reactores genuinamente «en construcción». Argentina presentó este diseño ante el OIEA en 1984. Cuatro décadas de trabajo. Desde 2015, las obras físicas avanzaban en Lima, dentro del Complejo Nuclear Atucha, Zárate, provincia de Buenos Aires. Al momento de su paralización, la construcción civil estaba completa en aproximadamente un 85 por ciento. Detrás de ese número hay un ecosistema tecnológico de enorme complejidad: la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), que desarrolló el diseño; INVAP, la empresa estatal que exporta reactores nucleares de investigación al mundo; e IMPSA, la empresa industrial argentina fabricante de turbinas y vasijas de presión para centrales nucleares. Tres instituciones que representan décadas de formación de recursos humanos, transferencia de conocimiento y construcción de capacidades soberanas en una de las tecnologías más estratégicas del siglo. Ese era el estado del CAREM cuando llegó la nueva gestión.
https://www.argentina.gob.ar/cnea/carem
Lo que ocurrió: los hechos
A lo largo de 2024, la administración de Javier Milei ejecutó una serie de decisiones sobre el proyecto CAREM que, individualmente, podían presentarse como parte de una revisión técnica. En conjunto, configuraron una paralización efectiva. El presupuesto para la continuidad del proyecto fue congelado. Más de 170 profesionales y técnicos vinculados al desarrollo del reactor fueron desvinculados. El cronograma de finalización, que proyectaba tener el prototipo operativo para generar conocimiento transferible y habilitar exportaciones tecnológicas, quedó sin fecha. Según informó EconoJournal, la revisión técnica impulsada por el gobierno no contaba con plazos definidos ni financiamiento asegurado.
El argumento oficial fue técnico-económico: el CAREM resultaba demasiado costoso para su potencia de generación, y existirían alternativas más eficientes. Es un argumento que merece ser examinado en contexto: el CAREM-25 nunca fue diseñado como solución inmediata al problema energético argentino. Su función era otra: ser el prototipo que certificara el diseño, generara el conocimiento para escalar y habilitara a Argentina a vender tecnología nuclear en el mercado internacional.
Detener un prototipo porque «no genera suficiente energía» equivale a cancelar el primer vuelo de un avión porque no transporta suficientes pasajeros.
Del hormigón al PowerPoint: el proyecto que vino después
Mientras el CAREM era paralizado, el gobierno comenzó a promover una alternativa: el ACR-300, un reactor de mayor potencia que, en teoría, resultaría más competitivo. El problema es que el ACR-300 no existe de la misma manera en que existía el CAREM. No tiene construcción física. No tiene licencia regulatoria obtenida. No tiene prototipo demostrado. Existe, fundamentalmente, como concepto en desarrollo, impulsado desde una nueva estructura llamada Meitner Energy, que articula capacidades de INVAP con capital de origen estadounidense proveniente del grupo Ansari. El contraste es difícil de ignorar: Argentina contaba con un reactor al 85 por ciento de su construcción civil, con décadas de know-how acumulado en instituciones públicas, con reconocimiento internacional de organismos como el OIEA. Ese proyecto fue paralizado. En su lugar, se impulsa un proyecto conceptual, con financiamiento extranjero, cuya materialización —si ocurre— llevará años o décadas. Y mientras eso sucede, IMPSA, la empresa que fabricaba los componentes críticos para la industria nuclear argentina, fue adquirida por ARC Energy, un fondo de capital estadounidense. El conocimiento industrial, las capacidades de manufactura, la cadena de valor que Argentina había construido pacientemente: en proceso de transferencia al exterior.

Elegir bando en el mapa nuclear
Geopolítica y soberanía Lo que ocurre con el CAREM no puede entenderse sin el contexto global en el que ocurre. El mundo está viviendo una disputa por el control de la tecnología nuclear civil, y esa disputa tiene protagonistas con nombre y apellido. Por un lado, China y Rusia han consolidado posiciones dominantes en la exportación de reactores nucleares a países en desarrollo. Por otro, Estados Unidos lleva años ejecutando el programa FIRST (Foundational Infrastructure for Responsible Use of SMR Technology), una iniciativa del Departamento de Estado diseñada explícitamente para expandir la influencia occidental en el mercado nuclear internacional y, en particular, para desplazar a los actores chinos y rusos en países que están construyendo o planean construir infraestructura nuclear. Argentina, con su trayectoria única —exportadora de reactores, con capacidades propias de diseño y manufactura, con un proyecto de SMR genuinamente avanzado—, era una pieza estratégica de enorme valor en ese tablero. La pregunta que nadie termina de responder con claridad es: ¿en qué condiciones Argentina se incorporó al programa FIRST? ¿Qué implica esa incorporación para la autonomía tecnológica del país? Los países con mayores recursos —naturales, tecnológicos, estratégicos— son, paradójicamente, los más expuestos a procesos de extranjerización. No porque sean débiles, sino porque tienen algo que otros quieren. El litio argentino, el petróleo venezolano, el cobre chileno, la soja brasileña. Y ahora, el conocimiento nuclear argentino: décadas de inversión pública, de formación de ingenieros, de construcción paciente de capacidades que pocos países en el mundo tienen. La extranjerización no siempre llega con violencia. A veces llega con contratos de inversión, con promesas de modernización, con el argumento de que lo local es ineficiente y lo importado es mejor. Pero el resultado es el mismo: el país pierde el control sobre sus activos más valiosos, y los beneficios de esos activos fluyen hacia afuera. Argentina tiene un historial de haber construido cosas extraordinarias y no haberlas podido sostener. El CAREM podría ser el último capítulo de esa historia, o el que la quiebre. Todavía no lo sabemos.
Los países con mayores recursos —naturales, tecnológicos, estratégicos— son, paradójicamente, los más expuestos a procesos de extranjerización.
La hipótesis que incomoda
¿Especulación financiera disfrazada de política energética? Lo que sigue es una hipótesis. No un hecho comprobado. Pero es una hipótesis que los datos disponibles no permiten descartar, y que merece ser formulada. El boom global de los SMR no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto muy específico: la explosión de la inteligencia artificial y los centros de datos ha generado una demanda energética que las fuentes convencionales no pueden satisfacer a la velocidad que el mercado exige. Eso creó una narrativa poderosa: los SMR serán la solución. Esa narrativa, a su vez, creó condiciones para algo que el mundo tecnológico conoce muy bien: el ciclo de «anunciar y recaudar». El caso de NuScale Power es el precedente más claro. La empresa estadounidense de SMR fue valuada en miles de millones de dólares, recibió financiamiento masivo del gobierno federal y cotizó en bolsa con gran expectativa. Y en 2023, su proyecto principal —un parque de SMR en Idaho— fue cancelado, porque los costos reales no cerraban con las proyecciones de la narrativa. Los inversores perdieron. El conocimiento, disperso. El ciclo, completo. ¿Es posible que parte del entusiasmo en torno al ACR-300 y Meitner Energy responda a una lógica similar? ¿Que la destrucción del CAREM — un proyecto real, verificable, que competiría en el mismo nicho de mercado — sea funcional a la construcción de valor de un nuevo vehículo de inversión? No es posible afirmarlo. Pero tampoco es posible ignorarlo. Lo que sí puede afirmarse es que el patrón es reconocible: desacreditar lo público construido con décadas de inversión, incorporar capital privado extranjero, presentar un proyecto nuevo como más moderno y eficiente, y capturar el valor simbólico y tecnológico acumulado por el Estado.
La pregunta que el hormigón no puede responder
Hay algo que el CAREM tiene y que ningún proyecto conceptual puede replicar de un día para el otro: hormigón real, en un lugar real, construido por personas reales que aprendieron haciendo. Ese conocimiento —el que se acumula en los cuerpos y en las instituciones a lo largo de décadas— es el activo más difícil de recuperar cuando se pierde. Se puede reconstruir un edificio. No se puede reconstruir, de manera sencilla, la cadena humana que sabe cómo construirlo. Argentina está en un momento en que esa cadena está siendo desarmada. Los ingenieros se van. Los técnicos buscan trabajo en otro sector. Las instituciones que los formaron pierden financiamiento y masa crítica. Y el reactor que podría haber sido el primer SMR argentino en operar —y en ser exportado— espera, incompleto, en Zárate. La pregunta de fondo no es técnica ni económica. Es política, en el sentido más profundo del término: ¿qué tipo de país quiere ser Argentina? ¿Uno que vende tecnología al mundo, o uno que vende sus recursos al mejor postor? ¿Uno que construye capacidades soberanas sobre lo que la naturaleza y la historia le dieron, o uno que, cada vez que llega algo prometedor, lo entrega? Los países que tienen mucho —recursos, conocimiento, potencial— son siempre los más codiciados. Eso puede ser una ventaja extraordinaria o una vulnerabilidad fatal. La diferencia está en las decisiones que se toman cuando alguien llama a la puerta con un cheque en la mano.
Aquí está el verdadero punto ciego de esta historia: Argentina no perdió el CAREM por falta de capacidad tecnológica, sino precisamente por tenerla. Tener lo que otros necesitan, en este país y en esta región, siempre terminó siendo una invitación a que vengan a buscarlo. El hormigón de Zárate sigue ahí. Lo que se fue es la decisión política de quedárselo.
Liliana Fernández es estudiante de Periodismo en la Universidad de Palermo y editora de Punto Ciego. Fuentes: World Nuclear Association, Organismo Internacional de Energía Atómica, EconoJournal.

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